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(1981) La Mandrágora




La opera prima de Sabina, Inventario, estaba lastrada de innumerables tics propios del cantante protesta (a fin de cuentas, la mayoría de las canciones en ella incluidas fueron escritas en el último año que el cantante pasara en Londres, un momento en el que estaba imbuido de toda suerte de consignas izquierdistas), y, al poco de salir al mercado, el propio artista, viendo que se avecinaban imparables aires de renovación tanto en lo social como en lo musical (ambos aspectos están íntimamente ligados), comenzaría poco a poco a despojarse de la careta de cantante cariacontecido y llorón para adoptar una personalidad de cínico-irónico-escéptico-vividor que afilaría hasta el máximo en los años sucesivos, exportando una sugerente imagen que, por extrema y audaz, conseguiría enganchar a todo tipo de personas que verían en el sui géneris modo de hacer sabiniano un lugar común (...).


Con Javier Krahe, en el bar La mandrágora.  Finalmente, acabaría dando con sus festivaleros huesos en el bar La Mandrágora, un pequeño local situado en la Cava Baja madrileña (ya tampoco existe) que llegaría a cambiar su vida hasta el punto de que, gracias a sus actuaciones allí (primero como solista, cuyo espectáculo se anunciaba con la coletilla de "canción poético-festiva-erótico-vecinal", y más tarde acompañado de los calaveras Javier Krahe y Alberto Pérez), su carrera musical terminaría encauzándose.

Y es que ya nada quedaba en Joaquín Sabina del tímido universitario con utópicas pretensiones de cambiar el mundo, ni de aquel asustado español exiliado en Inglaterra que, para sobrevivir los primeros meses en un país cuyo idioma desconocía, hubo de encomendarse en cuerpo y alma al alma y al cuerpo de la inglesita con la que, por aquel entonces, compartía caricias y agarradas a partes iguales (...).


Pues bien, Sabina llega a La Mandrágora (como Francisco Umbral al Café Gijón) junto a Javier Krahe. En un principio, ambos actúan por separado y se incordian mutuamente de vez en cuando en sus respectivas apariciones. Pero al poco descubrirían en la coyunda Krahe-Sabina un filón asaz lucrativo/creativo (...).

Acuden de la CBS a La Mandrágora y asisten, estupefactos, a un espectáculo inusual: la gente se lo pasaba bomba con las canciones y la ocurrencia del ejecutante, el cual aunaba en su repertorio equilibradas dosis de desencanto, cachondeo e ironía; poseyendo además la incisiva mirada de un fino observador de su entorno que era capaz de extraer, de entre toda la paja de la rutina diaria, la preciada aguja de la singularidad. Y así surgiría Malas compañías, que, a pesar de ser su segundo trabajo discográfico, bien pudiera considerarse como su verdadero estreno musical. Ya que en él se dan cita, por vez primera -tratadas con una madurez de la que carecían los híbridos esbozos de poema y canción que conformaron Inventario-, muchas de las constantes sabinianas, como la soledad, la pérdida de la inocencia, el retrato urbano (con guiños chelis y barriobajeros) y el entusiasmo indisimulado por la mera existencia (a pesar de tener plena consciencia de que "vivir es ir muriendo poco a poco", como reza uno de sus poemas posteriores) (...).


 (...) Y llegamos por último a Pongamos que hablo de Madrid, un título que se convertiría al poco de su nacimiento en el eslogan más famoso de la capital del reino -por delante incluso de aquel Madrid me mata creado en el epicentro de la movida-, siendo utilizado en infinidad de artículos periodísticos y empleándose en todo tipo de conversaciones como un inmejorable comodín para aludir a la ciudad que en él se encierra. Incluso el Ayuntamiento matritense utilizó esta canción como banda sonora del plan denominado Recuperar Madrid, que bombardeó las emisoras de FM del foro. El tema lo hizo famoso, antes que el propio Joaquín, el ya fallecido Antonio Flores (...).

En las actuaciones en el café de "La Mandrágora" junto a Javier Krahe y Alberto Pérez. El caché eran mil pesetas por barba. Antonio Flores grabó para CBS una de sus canciones, "Pongamos que hablo de Madrid". Es número 1 de los 40 principales.En 1980, lo ficha la multinacional CBS (Sony), y graba "Malas compañías". Fernando García Tola acude a "La Mandrágora" y decide invitar a Sabina, Krahe y Pérez a su programa "Esta Noche".

En 1981 El trío se presenta en el "Teatro Salamanca" de Madrid. La CBS edita "La Mandrágora", un álbum grabado en directo en el café madrileño. Vuelven a televisión, gracias a Raúl del Pozo que dirigía un programa titulado "Entre dos luces”
En 1982 alterna sus conciertos en pubs con la traducción de éxitos de la canción italiana para la CBS.

Al poco de comenzar el 82, Alberto Pérez se escinde de los mandrágoras, retirándose a su Sigüenza natal a cuidar de una granja. Sabina y Krahe continuarían dando conciertos al alimón con el mismo repertorio, acompañados de vez en cuando por la vocalista Teresa Cano, vieja conocida de ambos. La ausencia de Pérez no variaría gran cosa el tirón que tenían, pues si bien éste aportaba humor e interpretación al espectáculo, en Sabina y Krahe se sustentaba el peso de la canción.


Cuando Sabina y Krahe deciden separarse de mutuo acuerdo, Joaquín entiende que ha llegado el momento de llevar a la práctica sus hasta entonces represados anhelos rockanroleros. A raíz de la polémica y beneficiosa intervención televisiva en Esta noche, y de las posteriores y exitosas actuaciones por todo el país llevadas a cabo con Alberto Pérez y Javier Krahe, primero, y con Javier Krahe y Teresa Cano después, ya se había hecho con la suficiente popularidad como para empezar a funcionar por su cuenta. De ese modo, empieza a actuar con la que sería su primera banda, Ramillete de Virtudes, y a su viejo repertorio comienza a añadirle nuevas composiciones que le salen cada vez más moviditas, más cañeras y marchosas, como Pisa el acelerador y Juana la Loca, canciones que, poco después, formarían parte del que sería su tercer elepé